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“En Tierra Sagrada": un mes de tirocinio apostólico en Manaos, Brasil

El hermano Javier Navarrete en Manaos
El hermano Javier Navarrete en Manaos

El tirocinio apostólico es una etapa formativa dentro del proceso vocacional en la vida religiosa. Es un tiempo en que el religioso en formación es enviado a una comunidad concreta para compartir la vida, la misión y el servicio pastoral, confrontando la vocación con la realidad, las personas y el trabajo cotidiano. No es solo un período de aprendizaje, sino una experiencia que busca integrar la fe, la vida comunitaria y el servicio, dejando que la misión vaya moldeando el corazón. En la espiritualidad de San Luis Orione, este tiempo cobra un sentido especial: es dejarse formar en la caridad concreta, aprendiendo a “hacer el bien siempre, el bien a todos, el mal nunca, a nadie”, especialmente entre los más pobres y sencillos.


En ese contexto, el hermano Javier Navarrete se encuentra viviendo su año de tirocinio apostólico en Manaos, capital del Estado de Amazonas, Brasil. Desde marzo pasado, la Congregación Don Orione inició allí una nueva presencia misionera en la Paróquia São Lázaro, ubicada en un barrio periférico de la ciudad, marcado por la precariedad material y una intensa vida comunitaria. En ese lugar, el hermano Javier comparte la vida y la misión junto a una pequeña comunidad orionista, insertándose en la realidad concreta del barrio.


La comunidad misionera está compuesta por el padre Flaviu, sacerdote de origen rumano, el padre Sergio, argentino, y el hermano Javier, quien se sumó durante el tiempo de verano. Más que una experiencia puntual, este tiempo se ha ido transformando en un espacio de aprendizaje profundo, donde la misión se vive desde la cercanía, la escucha y la convivencia cotidiana con la gente.


El primer mes no estuvo exento de dificultades. El idioma portugués, aprendido casi sin preparación previa, el clima extremo —con altas temperaturas y una humedad constante— y los cambios en la alimentación hicieron que los primeros días fueran especialmente exigentes, tanto física como anímicamente. Adaptarse a un país nuevo no es inmediato, y menos cuando se llega a una realidad tan distinta a la propia.


“Adaptarse ha sido aprender a soltar. Soltar la ansiedad, el control y la necesidad de entenderlo todo. Abandonarme en las manos de Dios y confiar. Desde ahí comencé a vivir la misión de otra manera, más libre y más agradecida, disfrutando los encuentros, las celebraciones y la vida sencilla que se comparte cada día.”

El barrio de San Lázaro presenta una realidad compleja. Las lluvias intensas provocan inundaciones en las casas más bajas, el agua queda estancada por días y la basura se acumula en distintos sectores debido a la falta de soluciones estructurales. Es una realidad dura, que se vive a diario y que interpela profundamente a quienes llegan desde fuera.


Sin embargo, esa precariedad material no define completamente al barrio. Lo que más llama la atención es la riqueza humana que lo habita. Las familias comparten la vida en las calles, sacan mesas y sillas fuera de sus casas, los vecinos se conocen y se cuidan. Hay música, celebración y alegría, incluso entrada la noche. La comunidad se vive de manera abierta y cercana.


En ese contexto, el contacto con las personas ha sido central para la experiencia vocacional del hermano Javier. Al inicio, la dificultad para comunicarse generaba frustración. Con el paso de los días, esa misma limitación se transformó en una escuela de aprendizaje, donde la presencia comenzó a tener más peso que las palabras.Una forma muy propia del carisma orionista, donde la cercanía, la sencillez y la caridad vivida en lo cotidiano se vuelven el primer lenguaje de la misión.


“He descubierto que no todo pasa por lo que uno dice. Muchas veces la gente no espera respuestas, sino presencia. El gesto, el abrazo, la cercanía. Aprender a estar, sin imponer, ha sido una de las lecciones más importantes de este tiempo.”

Para el hermano Javier, la experiencia misionera en Manaos es también una experiencia espiritual profunda. Estar allí es reconocerse caminando sobre Tierra Sagrada: un lugar donde Dios ya está presente antes de la llegada del misionero, habitando en la fe sencilla de su gente y en la historia del barrio. La misión, entonces, no se vive desde la imposición, sino desde el respeto, el cuidado y la apertura del corazón.


A un mes de su llegada, el balance es de gratitud y alegría. La experiencia confirma que la vocación no se discierne desde la comodidad, sino en el camino, en el encuentro con otros y en la disponibilidad para dejarse transformar.


La misión sigue abierta.


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