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Santísima Trinidad

Amor fraternal... vivir en comunidad a imagen de Dios Trino


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18

 

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor

 

 

Para reflexionar:


1.¿Qué sientes al leer este texto? ¿Qué provoca en ti?


2.¿Cuáles son los rasgos de Dios que más te sorprenden? ¿Por qué?


3.El camino de la salvación requiere una respuesta del hombre, su fe. ¿Cómo vives tú la fe? ¿Es parte esencial de tu vida o solo se limita a ciertos momentos?


4. ¿Cómo manifiesta tu fe en el Señor a los demás? ¿Qué haces para que otros crean en el Señor?


5.Santísima Trinidad es comunión de amor que nos invita a participar de su vida divina, estamos llamados a amarnos a imagen y semejanza de Dios Uno y Trino… ¿Cómo acoges esta invitación? ¿Cómo influye en tu día a día?

 

 


El texto de hoy en el contexto de la Solemnidad de la Santísima Trinidad destaca el profundo amor de Dios. Dios es Amor, amor que se da, que se entrega, que llama e invita a entrar en comunión con Él. Y el evangelista señala que ese amor nos exhorta a confiar y creer en Él. La fe es el camino para aceptar la invitación de Dios y acoger su salvación, aquello que da vida plena.


El amor de Dios no es un amor limitado, no es un amor que discrimina, es un amor abierto a todos, que anhela la salvación de todos. Por eso, el texto parte declarando que es tan grande el amor de Dios por el mundo que entrega a su Hijo único. Todos, sin excepción, somos llamados a reconocer ese amor y a creer, y lo que esto significa, es decir, a vivir la vida de una forma distinta, como discípulo, al modo de Cristo, solo de esta forma acogemos de manera concreta su invitación a entrar en comunión.


En un segundo momento el texto dice que Dios no ha enviado a su Hijo a juzgar, sino a salvar. El verdadero rostro de Dios queda de manifiesto en la vida, muerte y resurrección del Señor. Se trata no de un juez severo sino de un Padre misericordioso que anhela nuestro regreso a la casa paternal, y entra en el mundo para mostrarnos el camino.


Y en la última parte del texto el evangelista nos dice que el que cree en el Señor no es condenado. La fe tiene un papel central en el evangelio de san Juan, es respuesta del hombre a la acción salvífica de Dios, manera concreta de recibir lo que viene de Dios. Aquel que no cree ya está condenado, porque se excluye a sí mismo de esa salvación que nos viene dada por el Señor. Si creemos en el Señor, le seguimos, nuestra vida está orientada por Él, por el amor que nos enseñó con su ejemplo, y aprendemos a vivir como verdaderos hijos de un Dios que es amor, y a tratarnos como hermanos, de esta manera comenzamos a experimentar la comunión a la que somos invitados, la salvación que nos trae el Señor. Pero sino creemos, si no le seguimos y vivimos centrados en nosotros mismos dejándonos guiar por las voces del mundo, entonces no acogemos esa vida de comunión a la que nos llama Dios.


El misterio de la Trinidad nos invita a vivir el amor fraterno que es salvación, porque hemos sido creados por amor y para amar a imagen y semejanza de nuestro Creador.




 

 
 
 

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